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La pregunta ahora es: ¿podremos comer todos mañana?
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    Maíz listo para la cosecha. Olivier Asselin ©FAO

    Nadie podrá decir que no se le avisó. Decenas de instituciones y centenares de estudios llevan años advirtiéndolo. Que el cambio climático —ya una realidad—, el crecimiento de la población —otra realidad— y la escasez de los recursos —agua, tierra, combustible— hace rato que bullen juntos en la misma olla. Y que para evitar que todo el guiso se desborde y se eche a perder, hay que actuar ya. La FAO, cuyos informes de los últimos tiempos urgen a cambiar la forma en que producimos, transportamos, comercializamos, repartimos y comemos alimentos, ha querido pegar un nuevo aldabonazo recogiendo en un mismo documento las tendencias que están reconfigurando el mundo y los retos que presentan. Por si alguien quiere meterse en harina.

    El desafío último, en lo que compete a la agencia (la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), es saber si, por este camino, en 2050 la Tierra dará de sí para alimentar a los casi 10.000 millones de personas que la habitarán. Máxime, cuando el crecimiento económico hará que cada vez más gente tenga capacidad para demandar carne, verduras y frutas (alimentos que requieren muchos más recursos para producirse que los cereales). La respuesta, una vez más, es no.

    El problema de fondo, obvio, es que el planeta y sus recursos son finitos. "Puede parecer que aún tenemos tierra de sobra, y agua de sobra", ilustraba Kostas Stamulis, director general adjunto de la FAO, al presentar el informe a un grupo de periodistas. Pero hay tierras potencialmente arables cuyo uso para cultivo puede provocar más trastornos que beneficios (por ser bosques, por dónde se encuentran...). Por eso se insiste en evitar llegar a un punto donde la urgencia —la amenaza del hambre inminente— obligue a tomar decisiones perjudiciales. "Lo mismo ocurre con el agua. Puede que haya, pero dónde cae, cómo cae y cuándo cae, son cuestiones que marcan grandes diferencias", añadía Stamulis, en referencia a las sequías e inundaciones que el cambio climático multiplica.

    La receta, por tanto, tiene que ser producir más con menos. Con menos agua, con menos tierra. Y también, contaminando menos. Un mensaje reiterado hasta la saciedad por la agencia: la agricultura tiene que adaptarse al cambio climático (con variedades resistentes a la sequía, con métodos de conservación de agua...) y también contribuir a mitigarlo, reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero (es responsable de más del 20%). En este capítulo, la tecnología puede ser de gran ayuda. "Pero ya hay avances disponibles que podrían ayudar a multiplicar las cosechas en muchas zonas de África, por ejemplo", apuntaba Stamulis. "Sin embargo, muchas veces los agricultores no ven que les compense adoptarlas". Ahí es donde Gobiernos, instituciones y cooperación tienen que trabajar con incentivos.

    Y de nuevo, esa escasez de recursos y ese cambio climático que algunos aún niegan, burbujean y salpican por todas partes: afectan a las poblaciones más vulnerables y ensanchan su pobreza, generan cada vez más migraciones y conflictos, aumentan la desigualdad y limitan el desarrollo.

    Mientras todo eso se va cocinando a fuego (no tan) lento, millones de personas siguen como si nada. Haciendo business as usual. Tirando un tercio de la comida que se produce, desperdiciando recursos, o utilizando prácticas que agravan la situación. El clásico pan para hoy, hambre para mañana, en su versión más grave. ¿Hemos llegado a un punto de no retorno? Rob Vos, director de Desarrollo Económico Agrícola de la FAO, no cree que haya un punto único que no permita la vuelta atrás, sino distintas metas volantes que ya estamos cruzando. "Por ejemplo, cuanto más avance la degradación de la tierra, menos capacidad tendrá esta para secuestrar carbono y mitigar el cambio climático". Es decir, vamos perdiendo oportunidades que no volverán.

    ¿Puede este enésimo mensaje de urgencia contribuir a cambiar las cosas? Los Estados llegaron hace poco más de un año a un pacto —los Objetivos de Desarrollo Sostenible— para meterse en la cocina y tratar de bajar el fuego al que se calienta la olla y seleccionar mejor los ingredientes. Pero, por ahora, muchos siguen sin ponerse el delantal. "Al menos ahora se habla de cosas de las que antes no se hablaba", se consolaba Stamoulis.

    Fuente: elpais.com
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